Donald Trump, inyectó una fuerte dosis de volatilidad al declarar que las negociaciones con Irán «están progresando bien». Sin embargo, fiel a su estilo de negociación de alta presión, el mandatario estadounidense no tardó en matizar las expectativas de Wall Street, advirtiendo sobre una inminente reanudación y escalada de los combates si Teherán no suscribe un acuerdo definitivo en el corto plazo.
El optimismo inicial ante un posible acuerdo de paz impulsó una corrección a la baja en los precios del crudo, llevando al barril de Brent a rozar mínimos de dos semanas cerca de los 98 dólares. La advertencia explícita de Trump de un recrudecimiento militar actúa como un suelo que impide que los precios regresen a los niveles previos al conflicto.
El núcleo de las conversaciones gira en torno a la reapertura total y garantizada del estrecho de Ormuz, el punto de estrangulamiento marítimo más crítico del planeta, por donde transita normalmente el 20% del suministro mundial de petróleo y gas natural licuado.
Un colapso definitivo de las negociaciones y la consecuente reanudación de los bombardeos por parte de las fuerzas lideradas por Estados Unidos e Israel romperían el frágil cese al fuego vigente desde abril, este escenario de escalada total implicaría la parálisis prolongada de Ormuz, forzando a las navieras a continuar utilizando la costosa ruta alternativa del cabo de Buena Esperanza.
El sobrecosto en fletes, seguros de guerra y días de navegación adicionales ya ha comenzado a filtrarse hacia las cadenas de suministro europeas y asiáticas, alimentando temores de una resistencia inflacionaria estructural en las economías occidentales.
El paquete que se negocia enfrenta además una severa resistencia política interna en Washington. Sectores del ala más dura del Partido Republicano han calificado los borradores del acuerdo como un error estratégico, argumentando que suavizar el bloqueo naval de los puertos iraníes sin desmantelar la influencia regional de la República Islámica sería contraproducente.
Los directores de las principales refinerías asiáticas en China e India, el tiempo corre. Las industrias pesadas de la región necesitan certidumbre en el suministro físico de crudo, y la posibilidad de que el conflicto se reanude mantiene congeladas las decisiones de inversión a largo plazo en el sector energético.
El optimismo de Trump es un bálsamo temporal para una economía global que esquiva a duras penas la recesión, pero su advertencia de escalada recuerda que el riesgo de un choque de oferta petrolera sigue latente. Mientras el acuerdo no esté firmado, el precio de la energía seguirá cotizando bajo el miedo que dicta la geopolítica.
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