El mercado energético global atraviesa uno de sus momentos más críticos desde la crisis del petróleo de los años 70. Lo que comenzó como una tensión geopolítica se ha transformado en un conflicto abierto en Irán, alterando drásticamente las perspectivas del Gas Natural Licuado (GNL) y poniendo en jaque la transición energética de Occidente.
Apenas iniciábamos este 2026 con un optimismo moderado. Las proyecciones de los analistas apuntaban a un crecimiento de la oferta mundial de GNL de hasta un 10%, con un volumen estimado de entre 460 y 484 millones de toneladas métricas.
La realidad bélica ha dinamitado estas expectativas. El mercado ha tenido que realizar una corrección de emergencia, recortando las previsiones de suministro mundial en hasta 35 millones de toneladas. Esta cifra no es solo un número en una hoja de cálculo; representa un déficit estructural que podría mantener la volatilidad de los precios en niveles récord durante los próximos trimestres.
El aumento vertiginoso de los precios y la incertidumbre sobre el cumplimiento de los contratos están generando un efecto de destrucción de la demanda. Las economías emergentes, incapaces de competir por cargamentos a precios spot prohibitivos, están regresando al uso de combustibles más contaminantes o reduciendo su actividad industrial.
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