La industria manufacturera de Rusia continúa transitando un túnel que parece no tener salida inmediata. Según los datos más recientes del Índice de Gerentes de Compras (PMI), el sector registró en abril su undécimo mes consecutivo de contracción, consolidando una tendencia que preocupa a analistas y mercados internacionales.
El indicador se situó en 48,1 puntos, una ligera caída respecto a los 48,3 de marzo, manteniéndose por debajo del umbral crítico de los 50 puntos que separa la expansión del retroceso.
Las empresas del sector han sido enfáticas al señalar los culpables: una demanda anémica y una reducción drástica en el volumen de nuevos pedidos. Si bien es cierto que el ritmo de descenso mostró una leve moderación en comparación con el mes anterior, la debilidad estructural sigue siendo «sólida» y persistente, lo que sugiere que las políticas de estímulo o los intentos de reorientación comercial no están surtiendo el efecto deseado con la rapidez necesaria.
La falta de nuevos contratos no solo asfixia la liquidez de las fábricas, sino que está provocando un efecto dominó sobre el mercado laboral. En abril, el empleo en el sector manufacturero registró su mayor descenso en cuatro años.
Esta destrucción de puestos de trabajo es un síntoma claro de que los empresarios han pasado de una fase de cautela a una de recorte operativo directo, ajustando sus plantillas ante la imposibilidad de mantener los niveles de actividad previos.
Esta racha de casi un año en territorio negativo pone de manifiesto la vulnerabilidad del tejido industrial ruso. La dependencia de ciertos insumos y la dificultad para acceder a mercados de exportación tradicionales han creado un cuello de botella que se refleja en cada punto del PMI.
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