Lagarde celebra acuerdo EEUU e Irán, pero advierte inflación persistente

La presidenta de la institución monetaria, Christine Lagarde, ha celebrado de forma pública y entusiasta el anuncio del alto al fuego alcanzado entre las administraciones de Estados Unidos e Irán, este cese de las hostilidades militares representa un avance de primer orden que podría ayudar de manera decisiva a reabrir de forma segura el estratégico estrecho de Ormuz, la arteria marítima más crítica del planeta para el tránsito de los flujos mundiales de petróleo y gas natural licuado.

Sin embargo, la aparente tregua en los mercados energéticos no ha venido acompañada de un consenso unánime dentro del Consejo de Gobierno del emisor europeo. En una muestra de la habitual división técnica que caracteriza a la ortodoxia monetaria del Viejo Continente, su colega y presidente del Bundesbank alemán, Joachim Nagel, ha salido al paso de los optimismos precipitados.

El banquero ha advertido de forma tajante que este avance diplomático en Oriente Medio no traerá consigo un alivio inmediato a la elevada inflación estructural que continúa atenazando el poder adquisitivo de los hogares y los márgenes operativos de las empresas en la eurozona.

Este angosto paso marítimo, que conecta a los productores del Golfo Pérsico con las grandes rutas comerciales de Occidente y Asia, es el cuello de botella por el que fluye diariamente cerca del 20% del consumo mundial de crudo. Su bloqueo intermitente durante los meses de guerra había inyectado una severa prima de riesgo geopolítico en los contratos de futuros del petróleo Brent, disparando los costes de refinación de los combustibles y forzando a los directores de logística de los grandes conglomerados industriales a buscar alternativas de transporte marítimo infinitamente más costosas y lentas.

La postura de Christine Lagarde se fundamenta en la lógica del restablecimiento de las cadenas de suministro físico. La reapertura de Ormuz debería, en teoría macroeconómica básica, destensar los precios de la energía en los mercados de origen al normalizar los inventarios globales de crudo y gas.

Una reducción sostenida de los costes del barril de petróleo aligeraría la factura de importación energética de la eurozona, un bloque económico históricamente dependiente del exterior para sostener su infraestructura manufacturera y su red de transporte de mercancías. Para la presidenta del BCE, la paz en el Golfo Pérsico funciona como una variable exógena favorable que quita presión sobre el índice de precios armonizado en el corto plazo.

El líder del banco central alemán argumenta que, si bien el shock energético inicial fue el detonante de la crisis de inflación, el fenómeno ya ha permeado profundamente en el tejido productivo mediante los denominados «efectos de segunda ronda».

Las presiones salariales derivadas de las demandas laborales para compensar la pérdida previa de poder de compra y la resistencia de los sectores de servicios a bajar sus tarifas de venta sugieren que la inflación ha dejado de depender exclusivamente del crudo exterior para alimentarse de dinámicas domésticas autónomas.

Este cruce de declaraciones, conscientes de que la división entre Lagarde y Nagel determinará si el banco central decide congelar su ciclo de endurecimiento monetario o si, por el contrario, mantiene las tasas de interés en niveles marcadamente restrictivos durante un periodo de tiempo mucho más prolongado de lo que prevén los operadores.

Con el estrecho de Ormuz volviendo lentamente a la normalidad operativa, Fráncfort constata que la diplomacia militar puede despejar las rutas del mar, pero la disciplina financiera interna sigue siendo la única vía real para extirpar de manera definitiva el fantasma de la inflación enquistada.

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