El Ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de Argentina, Pablo Quirno, anunció formalmente el retiro definitivo del país de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Esta decisión, que comenzó a gestarse en febrero de 2025 bajo la tutela directa del Poder Ejecutivo, se fundamenta en una crítica severa a la gestión del organismo durante la crisis sanitaria de 2020.
La salida de la OMS no es solo un gesto simbólico. Se alinea con la estrategia de desregulación y apertura que busca reducir la dependencia de organismos multilaterales.
Bajo la visión del Palacio San Martín, las regulaciones y recomendaciones de la OMS suelen traducirse en barreras paraarancelarias o exigencias de gasto público que el país, en su actual proceso de consolidación fiscal, no está dispuesto a costear.
El anuncio de Quirno llega en un momento donde el Gobierno busca fortalecer vínculos bilaterales con potencias que comparten una visión de «mercado libre de burocracias trasnacionales».
La salida de la OMS coloca a la Argentina en un lugar de «vanguardia disruptiva» o «aislamiento estratégico», dependiendo de la óptica con que se mire. Lo cierto es que, tras casi ocho décadas de pertenencia, el país rompe con la tradición de multilateralismo sanitario para abrazar un modelo de gestión directa.
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